Está formada por media docena de casas y por la propia estación, separadas entre sí por algo más de un centenar de metros.
Delante de los edificios, aún puede verse la explanada de la playa de vías, que permitía en su momento que se cruzaran dos convoyes mineros, y lo que queda del cambio de vías.
Paradójicamente, la que fue una de las mayores estaciones del recorrido (junto a El Manzano, Las Cañas, Gadea y Niebla) es ahora el lugar donde comienza lo que queda del tendido ferroviario; hacia el sur las vías han desaparecido merced a la incansable labor de los desaprensivos y a la complicidad cobarde de las instituciones.
Solo turba el silencio el canto de algún pájaro y el sonido del agua del río Tinto deslizándose entre las piedras. Sin duda, lo poco frecuentado de este lugar da al paraje un punto de singularidad y belleza.



























